lunes, 26 de septiembre de 2011

Zambia. Las buenas noticias de África no son noticias


No se molesten en buscar esta noticia en nuestros medios de comunicación españoles porque no la encontrarán ni con lupa: el pasado 21 de septiembre hubo elecciones presidenciales en Zambia. Hasta aquí nada de particular, África tiene 54 países y en casi todos ellos se celebran comicios regularmente y raramente atraen nuestro interés informativo. Más nos llama la atención, por ejemplo, la reciente decisión del rey de Arabia Saudita de permitir que las mujeres voten en las elecciones municipales (las únicas que se celebren en este país) dentro de tres años. En realidad habría que decir que dentro de tres años las mujeres saudíes serán autorizadas a pedir permiso a sus maridos sobre quién votar, pero ese es otro tema.

El caso es que en Zambia se presentaron dos candidatos, y curiosamente ambos de la misma edad: 74 años y ambos ya rivales hace tres años. Ruphia Banda, elegido presidente en 2008 (tras la muerte del entonces presidente Levi Mwanamwasa) se enfrentó a su archirrival Michael Sata. A los dos días la comisión electoral declaró que Sata había ganado. Inmediatamente el todavía presidente Banda le llamó para felicitarle y le dijo que el pueblo de Zambia había hablado y había que hacerle caso. Al día siguiente el nuevo presidente juró su cargo y todos contentos. En África hay golpes de Estado, guerras y hambre. Pero también hay países que pueden dar lecciones de democracia y de crecimiento económico, y Zambia es uno de ellos, lástima que África no nos interese cuando hay noticias muy positivas y esperanzadoras.

Zambia, hay que añadir, es uno de los países africanos que observa estrictamente los límites a los mandatos presidenciales (dos periodos como máximo). Hace años el entonces presidente Frederick Chiluba intentó perpetuarse en el poder cambiando la Constitución, pero hubo de dar marcha atrás ante la oposición de toda la sociedad civil, particularmente de la Iglesia.

Zambia, uno de los principales productores de cobre del mundo, era uno de los países más ricos de África cuando alcanzó su independencia en 1964. Pero en apenas diez años pasó a ser uno de los más pobres debido a la caída espectacular de los precios de este mineral en los mercados internacionales, al aumento galopante de su deuda externa y –a finales de los años 80- a la paranoia de su “padre de la patria” Kenneth Kaunda”, famoso por sus discursos de varias horas en los que sacaba su pañuelo blanco y, entre lágrimas, anunciaba que se retiraba para a los pocos minutos cambiar de parecer y decir que se quedaba porque comprendía que el pueblo lee quería.

Cuando la gente –harta de la palabrería de Kaunda y hambrienta de un maíz cuyos precios aumentaban cada día- le dijeron que ya estaba bien se portó con dignidad, renunció a su cargo y facilitó el regreso de la democracia multipartidista. Desde entonces el país ha ganado en maneras democráticas y también en crecimiento económico: más de un 6% durante los últimos años, convirtiéndolo en una de las economías mundiales que crecen con más rapidez. El gran desafío del nuevo presidente será asegurarse de que estos beneficios económicos lleguen a toda la población, la mitad de la cual vive con menos de dos dólares al día, y también mejorar las condiciones laborales de los trabajadores en las empresas extranjeras, particularmente las chinas, algo que ha repetido por activa y por pasiva en su campaña electoral.

Red Deporte y Cooperación (www.redeporte) trabaja en Zambia desde 1997, concretamente en la Ciudad de la Esperanza, una institución educativa de las hermanas Salesianas en Lusaka que acoge a niñas de la calle. Ellas son parte de los “efectos colaterales” del crecimiento económico de Zambia, a donde llegan muchos trabajadores de otros países vecinos atraídos por la posibilidad de conseguir un puesto de trabajo, y cuando se marchan dejan a menudo hijos nacidos de relaciones con mujeres zambianas de los que no quieren saber nada. Queremos equipar un aula informática que complemente la educación que estas chicas reciben allí. Si quieren apoyar esta iniciativa hay una manera muy fácil de hacerlo: la empresa de ordenadores Lenovo ha lanzado un concurso titulado “Héroe en 10 segundos” por el que premiarán al mejor vídeo que presente un proyecto de ayuda a los más necesitados. El de Red Deporte ha sido seleccionado como finalista. Entrando en este link http://lenovo.promo.eprize.com/hero/ y pinchando en la bandera de España se puede ver el vídeo, que dura dos minutos, y cota por él con un simple click. Se puede votar todos los días, hasta el 6 de octubre. Si nos echáis una mano podremos ayudar a estas niñas de Zambia.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Millones de personas en África están perdiendo sus tierras


Durante los últimos meses, se ha expulsado de sus tierras a más de 20.000 personas en los distritos de Mubende y Kiboga, en el Oeste de Uganda. El gobierno se las ha vendido a la compañía británica New Forests company (NFC) para plantar árboles a gran escala para uso comercial. Casos como éste se multiplican hoy en infinidad de países pobres, especialmente en África. Lo acaba de denunciar Oxfam en un informe titulado “El escándalo de la nueva oleada de inversiones en tierras ( “Land and Power: The growing scandal surrounding the new wave of investments in land,” que analiza este problema del acaparamiento de tierras.

“Las personas expulsadas de sus tierras están desesperadas”, dice el citado documento, que dice además en el caso de Uganda que “en bastantes casos las personas expulsadas de sus tierras fueron tratadas de forma violent y se destruyeron sus tierras, propiedades y ganados”. Curiosamente, y según leo en la prensa de Uganda de estos días, la compañía NFC se ha quejado del informe de Oxfam, del que dicen que “les perjudica” y se defienden afirmando que los “reasentamientos” (elegante manera de referirse a una expulsión brutal de 20.000 personas de sus tierras y sus hogares) fueron “legales, voluntarios y pacíficos”, extremo este que Oxfam niega alegando que a los habitantes de estas tierras ni se les consultó ni mucho menos se les indemnizó

Casos como estos están lejos de ser una pura anécdota. Desde hace pocos años compañías extranjeras, sobre todo de países árabes, asiáticos y europeos, se han lanzado a una carrera acelerada de adquisición de tierras a gran escala por medio de compras o de arrendamientos durante periodos largos. Su finalidad es producir alimentos, sobre todo cereales, o bio-combustibles. Según el Banco Mundial, sólo en 2009 se vendieron en África 45 millones de hectáreas (equivalente a la superficie de Alemania y Austria juntas). Una cantidad desorbitada, si se tiene en cuenta que durante toda la década de los 90 apenas se vendieron en África 4 millones de hectáreas.

Es curioso que algunas políticas diseñadas en la Unión Europea como ecológicas están favoreciendo este abuso. En Europa se legisla que el 10% de los combustibles deben haber sido producidos por medios agrícolas, generalmente utilizando aceite de palma o de otros árboles aptos para elaborar estos carburantes. EL problema es que para cultivar estos arbolitos no se suelen utilizar terrenos de España o de Alemania, sino de algún país africano o asiático donde sus propios campesinos están desesperados por producir alimentos y tienen escasez de tierra, pero como en Europa queremos ser muy ecológicos eso está por encima de todo, aunque sea a costa de perjudicar a personas vulnerables de otros continentes

Al menos la mitad de los países de África están involucrados en estos tratos y la tendencia se acelera. Ya el año pasado advertía la FAO que en el continente africano tiene lugar el 70 por ciento de estas transacciones. El problema es que en esto sucede en un continente donde algo más de 900 millones de personas sufren hambre crónica. “Los países africanos están perdiendo el control sobre su seguridad alimentaria en el momento en que más lo necesitan”, decía hace poco el número dos de la FAO, David Hallam. Su director, el senegalés Jacques Diouf, hace tres años fue más explícito al calificar este fenómeno como “un nuevo sistema neocolonialista”.

Las compañías que se dedican a este negocio proceden, en su mayoría, de los siguientes países: Arabia Saudira, Qatar, Emiratos Árabes, Kuwait , China, Japón, Corea del Sur, India, Libia y Egipto. A ellos hay que sumar compañías europeas dedicadas a la producción de bio-combustibles. Las cosas funcionan así: Japón, por ejemplo, tiene 130 millones de habitantes pero apenas tiene espacio disponible en su territorio para cultivar arroz para todos ellos. Para solucionar esto una compañía japonesa acude al gobierno de un país africano, le ofrece cualquier proyecto de infraestructura a cambio de varios miles de hectáreas de terreno, allí cultivan enormes cantidades del cereal y una vez producida la cosecha la transportan al país del sol naciente para consumo de sus ciudadanos.

Si esa misma compañía quisiera hacer esto mismo en un país europeo, tendría que negociar directamente con el agricultor dueño de las tierras y podría encontrarse con que no está dispuesto a entrar en este negocio, o tal vez lo haría a cambio de mucho dinero. En África no existe esta dificultad, porque la propiedad de la tierra se basa en el acuerdo oral y la costumbre y hay una debilidad legal por falta de documentos. A menudo los Estados africanos llevan adelante estos acuerdos con un gran secretismo y sin consultar a las comunidades afectadas. Los pequeños agricultores se encuentran con los hechos consumados cuando ya es demasiado tarde.

En África hay otra ventaja para estas compañías: sus sociedades civiles están aún poco desarrolladas y no suele haber protestas populares ante estos abusos. Pero no siempre. Cuando el gobierno de Madagascar intentó ceder 1.300.000 hectáreas de terrenos a la compañía surcoreana Daewoo en 2008, las revueltas populares que se produjeron provocaron la caída del régimen. Y en diciembre de 2009, las protestas callejeras en varias ciudades de Mozambique por la subida de los precios de productos esenciales preocuparon tanto al gobierno que éste acabó por anular un contrato que acababa de firmar con la compañía británica Procana, que estaba lista para empezar a producir etanol en una plantación de 30.000 hectáreas de caña de azúcar en Massingir, en la provincia sureña de Gaza.

Para África, las consecuencias son desastrosas. No se trata sólo de que infinidad de campesinos estén perdiendo sus tierras, sino que con frecuencia pierden también el acceso al agua de los ríos donde sus padres y sus abuelos acudían para regar sus cultivos. Además, los puestos de trabajo prometidos no llegan, porque los latifundistas extranjeros utilizan maquinaria agrícola que hace innecesario emplear a un gran número de trabajadores. Sin tierras y sin trabajo, los nuevos desposeídos acaban viviendo en algún arrabal miserable. Privados de una tierra ancestral que tiene valor emocional para ellos- está perdiendo sus valores tradicionales. Además, dado que el interés de la agricultura comercial es aumentar la producción de forma ilimitada y obtener el mayor beneficio posible, las nuevas compañías usan enormes cantidades de pesticidas y fertilizantes que terminan por destruir los suelos de cultivo e incluso por envenenar las aguas de la que dependen las poblaciones que viven en estos territorios. Los daños ecológicos son, a menudo, irreparables.

martes, 20 de septiembre de 2011

La aventura de conseguir una factura


“Bonjour, madame. Necesito 20 kilos de patatas y 10 de pescado seco. ¿Me podría dar una factura cuando termine de comprar?”. La escena tiene lugar en el mercado Virunga, en Goma (R D Congo) ante una señora ataviada con sus coloridos “kitenges” que me mira sonriente y me responde “Oui, oui, sans problème” seis o siete veces mientras empieza a llenar el saco que le doy con los preciados tubérculos. Las patatas y el pescado son los dos primeros artículos que figuran en mi larga lista de compra, que ocupa dos páginas, y según mis cálculos –ingenuo de mí- podré adquirir todos ellos en unas dos horas, cargarlos en el coche y dirigirme al lugar del proyecto para entregarlos esa misma mañana.

Las patatas y el pescado ya están en el interior del vehículo. Alrededor de él merodean algunos de los niños de la calle que abundan por las inmediaciones de este mercado, pero ya me conocen y siempre pienso que la enorme pegatina de Don Bosco que llevo en el coche me convierte automáticamente en amigo de ellos, no en vano muchos de ellos comen en el centro de los Salesianos. Pago religiosamente por los alimentos que acabo de comprar, y cuando creo que ya puedo cantar victoria y dirigirme a la siguiente tienda, la señora –que no pierde su sonrisa ni un momento, para eso ha hecho un buen negocio con este muzungu español- me dice que espere. “Perdone, ¿a dónde va usted, madame?” Apenas le da tiempo a volverse. “A buscar un libro de facturas, siéntese, señor”.

La mujer no tiene un libro de facturas. ¿Por qué habría de tenerlo? En un día normal puede vender un puñadito de pescados secos y algún montoncito de los minúsculos tomates que extiende delante de ella sobre una tela vieja. Pero conoce a una amiga suya que tiene un kiosko y que sí tiene esos papelitos que a veces piden los pocos blancos que van a este mercado, muy pocos, que para eso tienen el supermercado “Shoppers” con aire acondicionado y un guardia de seguridad uniformado a la entrada. Espero unos minutos, que me parecen una eternidad, y al rato llega la señora sin perder su buen humor con un exiguo librito y un bolígrafo y me dice que escriba lo que yo quiera. Ante mi estupor, me dice entre risas que a ella sus padres no pudieron pagarla la escuela, la casaron muy pronto y no pasó del segundo año de primaria y ya no se acuerda de cómo escribir.

El librito de recibos en cuestión no tiene el nombre del proveedor. Mal empezamos. Me acuerdo que los financiadores que nos han dado el dinero para el proyecto nos exigen facturas oficiales con: nombre del proveedor, nombre del cliente con su número de identificación, número de factura, fecha, especificación de los artículos adquiridos con el precio por unidad y el precio total en dólares, más el sello de “pagado”. Intento explicárselo a la señora, que me mira como si le estuviera explicando la teoría de la física cuántica y al final me dice muy amablemente que si no le gusta ese libro de facturas puede ir a ver a otra amiga en una tienda un poco más lejos. Su amiga, según ella, tiene otro libro de facturas más grande y más bonito que el que me acaba de traer.

Empiezo a darme cuenta de que si en cada lugar que voy me encuentro con la misma complicación, no compraré en todo el día ni la mitad de lo que tengo previsto. Le digo que no se moleste, que en ese caso lo que me haría falta sería un sello de su… ¿lo llamo empresa? ¿pequeño negocio? “Oui, Monsieur, ya sé lo que usted necesita”, me responde. Yo no tengo sello, pero no se preocupe que tengo una prima aquí a la vuelta del mercado que ella sí que tiene un sello”. Sin esperar a que yo pueda reaccionar, sale corriendo y me vuelvo a sentar en el taburete que me ha ofrecido la primera vez, mientras me entretengo charlando con los dos chicos de la calle a los que ya he respondido por décima vez que les agradezco su ofrecimiento, pero que no necesito ningún ayudante que me lleve las bolsas.

Pasan otros quince minutos y vuelve la señora con un sello y un tampón. Lo estampa en la factura en blanco, y su débil impresión escasa de tinta ocupa la mitad del documento de compra. Le digo que si no sabe escribir, que haga el favor de pedir a alguna de sus compañeras que lo haga por ella. Finalmente, una de ella se presta a hacernos el favor.

-Lo primero, la fecha de hoy, siete de …

La mujer aprieta el bolígrafo con determinación, concentrándose como si estuviera haciendo un trabajo de alta precisión, como cambiar alguna piececita del engranaje de un reloj.

-Ahora, escriba el nombre del cliente. Cópielo de aquí, donde lo he escrito, madame.

-ITIG Dos Bosco...

-Pero con las letras más pequeñas, por favor, madame, que casi ha ocupado usted ya toda la línea y aún nos falta por poner la dirección y el número de identificación…

-Será mejor que empecemos de nuevo, un recibo nuevo.

Mientras tanto, a nuestro alrededor, se ha formado un corrillo de chavales y señoras de los puestos vecinos que siguen con atención la evolución de la tarea de documentar el gasto de patatas y pescado que hacemos para los chavales del centro donde tenemos el proyecto. Pienso por un momento que si tuviera una cámara de vídeo a mano, lo grabaría para presentárselo a los financiadores.

Pasan otros diez minutos.

-Muy bien, señora, ahora ponga usted abajo: “Patatas”, y a continuación: “20 kilos”.

-¿Le parece bien así?

-¡No, por favor! Pero si ya ha ocupado usted toda la línea. Que ahora hay que poner el precio por kilo y el precio total…

-No se preocupe, que lo pongo en la línea de abajo, aunque me parece que no me va a quedar sitio para escribir la compra del pescado.

Finalmente, completamos la operación, y cuando la señora de las telas coloridas me estampa el sello de “pagado” con un decidido puñetazo que hace temblar la frágil mesa donde se amontonan los pescados secos, me doy cuenta de que hemos tardado 45 minutos en elaborar la factura y me dan ganas de prorrumpir en aplausos junto con la multitud que tengo a mi lado.

Me despido de ellas, es decir de las dos señora que me han ayudado, y del resto de la gente que tengo alrededor de mi, mientras me preguntan que si voy a volver mañana no debo preocuparme porque tendrán ya preparado el libro de facturas para que me resulte todo más fácil. Entro en el coche, arranco, y cuando he recorrido algo así como un kilómetro me asalta una duda, me paro, miro la factura y me doy cuenta de que falta el número. Por un momento estoy a punto de caer en la tentación de escribirlo yo mismo, pero después doy media vuelta y regreso decidido al puesto de hace un momento, para completar el papelito. Suspiro al pensar que aún me quedan muchas cosas que comprar y que es bastante probable que en cada lugar tenga que repetir el mismo proceso.

Por la noche, cuando introduzco los gastos del día en el documento de contabilidad, introduzco la factura en la carpeta transparente y la miro como un trofeo que me ha costado los suyo conseguir. Me consuelo pensando que, por lo menos, con el tiempo que cuesta conseguir una bien hecha acaba uno pro hacer amistades en el mercado.