lunes, 31 de octubre de 2011

UNA CAMPAÑA CALIENTE EN LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO


Desde el pasado 28 de octubre en el Congo estamos de campaña electoral. Cuando vives aquí – en mi caso en la ciudad de Goma - lo sabes porque a cualquier hora que salgas te encuentras con un sin fin de coches y camiones cargados de exultantes pasajeros que enarbolan banderas mientras la música suena a un volumen atronador, compitiendo con la de otros vehículos y con los mensajes de hombres que gritan desaforadamente por un megáfono mensajes que no entiende nadie. Y lo sabes también porque, de repente, legiones de trabajadores empiezan a reparar carreteras por todas partes después de años de no ver un bulldozer trabajando.

Doce candidatos se presentan a las elecciones presidenciales, y otros 18.000 compiten por los 400 y pico escaños de la Asamblea Nacional. Ambos comicios tendrán lugar el 28 de noviembre, eso si las urnas y las papeletas llegan a tiempo al país, algo sobre lo que la oposición – y muchos diplomáticos - tienen bastantes dudas razonables. China aún no ha entregado las 120.000 urnas que ha prometido, y las papeletas aún se están empezando a preparar en la imprenta de Sudáfrica que se encarga de esta tarea. Naturalmente, una vez que lleguen al país habrá que repartirlas, tarea nada fácil en un país donde apenas hay carreteras transitables.

Organizar unas elecciones en un país enorme – el segundo de África en extensión - de 56 millones de habitantes y con una infraestructura desastrosa de comunicaciones, no es fácil. Sin embargo, las elecciones de 2006 se desarrollaron extraordinariamente bien y sin apenas incidentes, y eso que era la primera vez que la gente votaba en 40 años. Pero en aquella ocasión la Comisión Electoral Independiente (CEI) estaba presidida por un hombre excepcional: el abbe Malumalu, un jóven sacerdote de Butembo que desempeñó su papel con una gran competencia y de forma muy imparcial. La nueva CEI no tiene la misma altura de miras que la anterior, y durante los últimos cuatro meses ha habido frecuentes fricciones entre los partidos de la oposición y la CEI, a la que acusan de estar demasiado inclinada hacia el partido gubernamental.

Entre los candidatos a la presidencia, el actual mandatario Joseph Kabila parte con la ventaja que le da el contar con los medios del Estado para una campaña que, como suele ocurrir en casi toda África, suele ser la ocasión en la que mucha gente sin medios recibe regalos, que van desde camisetas y gorras hasta fiestas gratis o incluso dinero. Recuerdo en 2006, mi primera vez en el Congo, que Kabila era entonces muy popular en el Este del país, harto de tanta guerra y destrucción, y se presentaba como una alternativa a su otro oponente, el señor de la guerra Jean Pierre Bemba, hoy juzgado en La Haya por crímenes contra la humanidad. Hoy, sin embargo, Kabila ha perdido su popularidad aquí, donde no se ven signos de ningún progreso realizado durante los últimos cinco años, y no lo tendrá tan fácil. Su gran bastión es la provincia de Katanga, donde su poderoso gobernador – dueño del equipo de fútbol Mazembe - es su más fiel aliado. Curándose en salud, Kabila cambio la Constitución el año pasado, de manera que ahora el candidato que obtenga la mayoría simple gana las elecciones sin necesidad de ir a una segunda vuelta, en la que el resto de partidos de la oposición podrían fácilmente ponerse de acuerdo sobre un candidato común que podría ganar con la suma de todos.

Entre los candidatos de la oposición destaca el veteranísimo Ethienne Thisekedi, azote de Mobutu a finales de los años 80 y principios de los 90, aunque el buen señor ya cuenta con casi 80 años, y la también figura de la transición Kengo wa Dongo. Se comenta también que otros candidatos –bastante desconocidos - han sido « plantados » por el gobierno para dividir más a la oposición y asegurar el triunfo de Kabila. En el Este del país, el más popular parece ser Vital Kamerhe, antiguo amigo y aliado de Kabila y antiguo presidente de la Asamblea Nacional, puesto del que dimitió cuando se opuso abiertamente al acuerdo entre Kabilay el presidente ruandés Paul Kamage en 2009, acuerdo por el que se permitió al ejército ruandés entrar en el Congo para combatir a los rebeldes hutu del FDLR. Muchos piensan que este acuerdo incluyo clausulas secretas para asegurar que Ruanda siguiera mangoneando en la seguridad internad del Congo y sacando tajada del negocio de los minerales del este del país, particularmente del coltan.

Apenas comenzada la campaña, empezaron ya a surgir algunos incidentes preocupantes de violencia, particularmente en la ciudad de Mbuyi Maji, en el Kasai Oriental, la zona donde Etienne Thisekedi tiene más seguidores, donde el primer día ya hubo un muerto después de que la policía dispersara a tiros una manifestación de la oposición. En el resto del país parece que la situación es más tranquila, aunque la tensión se palpa y sólo cabe esperar que la campaña, las elecciones y el recuento transcurran lo más pacíficamente posible en este país que no termina de levantar cabeza.

miércoles, 26 de octubre de 2011

OJALÁ EL SECUESTRO FUERA EL ÚNICO RIESGO PARA LOS COOPERANTES


Parece que últimamente ser cooperante en muchos lugares de África se ha convertido en una profesión de alto riesgo, o tal vez sería más justo decir que en realidad siempre ha sido así, lo que ocurre es que en España parece que nos hemos dado cuenta de ello durante las últimas semanas, tras una retahíla de secuestros: primero el de las cooperantes de Médicos Sin Fronteras en un campo de refugiados en Kenia y más recientemente el de otros dos españoles (mas una italiana) en Rabuni, dónde se alojan los expatriados que trabajan en los campamentos saharuis de Tinduf, en el suroeste de Argelia. El panorama se completa con otros dos secuestros de personas de otra nacionalidad que trabajaban para otra organización humanitaria en Somalia.

Ninguno de estos secuestros me ha extrañado mucho. En Somalia, lo mismo islamistas que piratas buscan presas fáciles para obtener dinero y publicidad, y ahora que las cosas se les han puesto difíciles por mar intentan golpear por tierra. En cuanto al Sahara, recuerdo muy bien cuando estuve en Tinduf hace ahora casi un año que el Frente Polisario y los militares argelinos habían reforzado las medidas de seguridad y no se podía viajar así como así de un campamento a otro porque ya entonces se comentaba que los islamistas de Al Qaeda en El Magreb no andaban muy lejos de allí y tenían planes de secuestrar a alguno de los muchos expatriados – sobre todo españoles - que trabajaban en ese desierto donde viven unos 200.000 saharauis a los que Marruecos no reconoce el derecho a tener su propia patria. Muy mal deben de haberse puesto las cosas para que un grupo de fundamentalistas armados hayan entrado en el albergue de Rabuni y se hayan llevado a rastras a tres cooperantes delante de las mismas barbas del gobierno saharaui, que tiene su sede a pocos metros de allí.

Sin embargo, el secuestro - más o menos largo - no es lo más grave que le puede ocurrir a un cooperante que trabaja en uno de los muchos lugares conflictivos del mundo. En España no deberíamos olvidar, por ejemplo, el asesinato de tres españoles de Médicos del Mundo, perpetrado en Ruanda en 1996, con toda probabilidad por orden de algún alto mando del gobierno de Kagame a quien molestó que aquellos blancos se encontrarán justo allí, en la zona de Ruhengeri, cuando el ejército realizó operaciones de contrainsurgencia que incluso verdaderas masacres en poblados enteros que fueron reducidos a cenizas. Pero sin llegar a casos tan extremos, quién ha trabajado o trabaja en el mundo de las ONG que ejecutan proyectos en lugares conflictivos de África sabe que se trata de un trabajo difícil y que exige unos nervios a prueba de bomba, y todo ello – en contra de lo que se suele creer en España - a cambio de sueldos irrisorios y de condiciones de vida que a menudo acaban por minar la salud.

Escribo estas líneas desde Goma, en el Este de la República Democrática del Congo, un lugar que desde 1996 y aún antes ha sufrido una sucesión interminable de conflictos que han dejado a la población sumida en la miseria. Aunque durante el último año la situación es de bastante calma, uno vive permanentemente encima de un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Viajar por estas carreteras puede ser arriesgado, y no solo por la amenaza de grupos armados. Durante el viaje en autobús que hice hace pocos días de noche, desde Uganda a la frontera con el Congo (el sexto, en lo que va de año) los lleve – como se suele decir - de corbata al encontrarme dentro de un vehículo sobrecargado y conducido a velocidad de vertigo por carreteras llenas de baches en las que ocurren numerosos accidentes. Actualmente vivo en un cuarto sin agua corriente, con suministro eléctrico muy irregular y suelo comer polenta de harina de maíz con hojas de mandioca y a veces con algún trozo de pescado seco. Cuando tengo que conectarme a internet tengo que perder bastante tiempo buscando algún hotel con Wifi donde sentarme a enviar los correos del día. Dada la situación de la ONG en la que trabajo, llevo varios meses sin cobrar – ni siquiera dietas - y realizo este trabajo como voluntario, con la esperanza de que de aquí a unos meses la situación mejore y podamos tener de nuevo un sueldo para cubrir al menos los gastos más esenciales de la familia. Lo hago, evidentemente, y como lo hacen la mayor parte de los cooperantes, por amor a la gente con la que trabajamos y respondiendo a unos ideales de justicia social en el mundo para los más pobres.

Digo todo esto para explicar que creo que es bastante bien cómo se vive cuando eres cooperante,
y que aparte de algunas ONG internacionales bastante potentes y con mucho dinero, la mayoría de nosotros solemos trabajar en organizaciones en las que se vive una gran precariedad laboral y mucha incertidumbre del propio futuro, debido a la gran sequia de fondos públicos para la cooperación que tenemos hoy en España. Hay ONG en las que durante los últimos años se han realizado EREs que han visto a casi la mitad de sus empleados irse a la calle. Uno vive día a día la frustración de formular proyectos serios, que responden a necesidades muy acuciantes de miles de personas en la geografía de la pobreza, y que llevan muchos meses de trabajo y entran en una competición feroz, para al final ver que son rechazados sin más, o bien que son aprobados solo para ver cómo pasan después los meses y el dinero prometido no se ingresa en la cuenta correspondiente. Todo esto se agrava por el descenso de los donantes privados, muchos de los cuales en España suelen preguntar siempre con cara muy seria si el dinero de verdad llega a los beneficiarios, como si los gastos de pagar billetes de avión, alquiler de las oficina de la ONG o salarios para el personal no tuvieran nada que ver con la mejora de la situación de quienes carecen de aulas o de medicinas, los cuales verán su vida mejorada gracias precisamente al trabajo de un expatriado que trabaja allí jornadas de 12o 14 horas al día y que evidentemente no puede vivir del aire, aunque en España parece que no vemos raro que un abogado o un profesor cobre por su trabajo pero sí que un cooperante no trabaje gratis.

Con este panorama, hoy día un cooperante tiene que estar dispuesto a ir a lugares peligrosos
y carentes de todo si quiere tener alguna oportunidad de tener un trabajo más o menos estable,
y eso solo durante tal vez uno o dos anos. Con un estrés semejante, y viviendo en sitios peligrosos, extraña poco que la cooperación internacional sea uno de los sectores laborales en los que hay mas rupturas familiares (fui testigo de casos muy dolorosos de amigos cooperantes durante mis 20 años como misionero en el norte de Uganda) y más casos de personas que vuelven a su lugar de origen arrastrando problemas serios de salud y de estrés postraumático, asuntos todos ellos que a mí por lo menos me parecen tan serios como sufrir un secuestro.

Por eso, cuando ocurre un ataque contra cooperantes y oigo a la ministra de Asuntos Exteriores
o a la autoridad correspondiente de la Agencia Española de Cooperación decir que están haciendo todo lo que pueden por los cooperantes y que se preocupan mucho por ellos, pienso que no estaría de más que esa preocupación se mostrara también en hacer posible que las ONG no tuvieran que cerrar proyectos en lugares donde la gente depende del trabajo de ellas para estudiar, tener acceso a la sanidad básica o tener agua potable. Gracias por su interés, señora ministra, señores presidentes de las Comunidades Autónomas y señores y señoras alcaldes y alcaldesas de ciudades españolas. Ya sabemos que la crisis es la crisis y que ya tenemos suficientes problemas de los que ocuparnos en España, pero ojala no se olviden de que en otros lugares del mundo las cosas están mucho peor, y que las organizaciones que se esfuerzan por aliviar el sufrimiento de muchos millones de seres humanos necesitan tener a su personal trabajando, no solo con suficiente seguridad, sino también en condiciones mínimamente dignas y sin tener que preocuparse como van a comer o a pagar la hipoteca al mes que viene.

Viaje en autobús de Uganda a la R D Congo


Un griterío sin tregua anuncia los destinos de los autobuses que se alinean, sin orden ni concierto, en el amplio recinto de la estación de autobuses de Kisenyi, una de las barriadas más caóticas de Kampala. Para llegar a este sitio a las siete de la tarde de un viernes hay que sortear un sin fin de baches que durante esta época del año están llenos de agua de lluvia y barro, mientras el taxista se las ve y se las desea para sortear las moto-taxis que parecen salir de hasta debajo de las piedras. Cada esquina es un improvisado mercadillo dónde se trapichea con refrescos, bolsitas de cacahuetes, tarjetas de saldo de telefonía móvil y cualquier objeto imaginable que se pueda comprar o vender.

El ambiente de estridencia se desvanece cuando entro en la estación y me encuentro con Okumu, que me esperaba y me ofrece una silla para que me siente. Conocí a Okumu hace diez años cuando trabajaba yo en el norte de Uganda y él, su mujer y sus seis hijos malvivían en uno de los numerosos campos de desplazados durante los años de la guerra. En 2005 se lio la manta a la cabeza y vino a Kampala a buscar un trabajo con el que mantener a su familia. Desde entonces llega cada día a esta estación de autobuses a las seis de la tarde y hasta las 7 de la mañana lleva el control de los vehículos que entran y salen, cobrándoles la correspondiente tarifa del ayuntamiento de la capital ugandesa. Por este trabajo que puede poner a prueba los nervios de la persona más tranquila le pagan 100.000 chelines al mes (unos 30 euros), sin seguridad social ni nada que se le parezca. Vive solo en una habitación de alquiler en un barrio a unos cinco kilómetros de la estación, desde donde se desplaza andando a su lugar de trabajo. Mientras él pasa la noche aquí una pareja ocupa la estancia, que tendrán que desalojar a las ocho cada mañana cuando Okumu llegue con su cansancio a cuestas dispuesto a dormir unas pocas horas.

Pero, como ocurre en Uganda, la dureza de la vida de Okumu no merma su amabilidad, que derrocha conmigo cuidando de mi maleta y sacándome el billete con sumo cuidado de encontrarme el asiento más cómodo, o menos incomodo, dentro del estrecho autobús que están cargando hasta límites inimaginables.

Hace algo más de cuatro años que terminó la guerra en el norte de Uganda, y hoy su mujer y sus hijos han regresado a su aldea natal en Anaka, después de 20 años de ausencia, dónde se ganan el sustento cultivando la tierra. Su mujer viene a veces a visitarle a la capital, y otras es él quien va
a pasar unos días a su pueblo, pero da por hecho que esta separación familiar durará por lo menos hasta que tenga fuerzas para realizar este tedioso trabajo. A pesar de todo, Okumu está orgulloso de su hijo mayor, que estudia en Kampala en la Universidad, y ahorra y trapichea hasta límites insospechados para pagarle los 5 millones de chelines (unos 1.400 euros) que cuesta su educación cada ano.

Cuando queda una media hora para salir me acerco a un rincón algo alejado dentro de la estación y compro un chapati recién hecho por 600 chelines (unos 20 céntimos de euro). Eso, y una Fanta que Okumu se ha empenado en comprarme, es mi cena de esta noche, que prefiero que sea frugal al pensar en las más de diez horas de traqueteo y curvas que me esperan. Tras despedirme de él y agradecerle sus atenciones, al entrar al autobús veo que dentro hay un trasiego de vendedores ambulantes que ofrecen a precio de ganga medicinas que supuestamente curan de todo, desde la malaria hasta la impotencia, y posters de Gadafi con instantaneas de algunas de sus visitas a Uganda, donde hasta el año pasado financio varias mezquitas. Dentro, todo el mundo echa mano de su teléfono móvil y el momento de la salida es una pugna por alzar la voz más que el vecino para despedirse de la familia o contar que llegaremos dentro de pocas horas.

El autobús se abre paso a duras penas por el caótico tráfico que a estas horas de la noche llena las afueras de Kampala. Durante la primera hora se sigue parando aquí y allá para echar combustible, cargar más bultos y abrir la portezuela a más pasajeros que van llenando el pasillo. Poco a poco las luces de los suburbios quedan atrás y nos adentramos en la oscuridad dejando a ambos lados cortinas de maleza, bosques, pueblecitos silenciosos alineados sin mucho orden a ambos lados de la carretera y plantas de papiro que tapizan los abundantes terrenos pantanosos que cruzamos.

Después de once horas de viaje llegamos a Kisoro, en el suroeste de Uganda, y allí salgo del autobús sorteando una nube de moto-taxistas que se empenan en agarrarme la maleta. Entro en el primer hotel que veo y me dicen que a esas horas aun no han preparado nada, así que nada más salir negocio con un muchacho que me lleva en su moto, con el maletón y mis otros dos bultos de mano en peligroso equilibrio, hasta Bunagana, a doce kilómetros. Allí está la frontera con el Congo y nada más llegar voy al hotel « Home Again », que ya conozco de otras veces. Lo lleva una señora viuda que mantiene su negocio con tesón y derrocha y una amabilidad exquisita. Cuando me ve llegar, me saluda efusivamente dando a entender que ya me conoce de otras veces. Le digo que espero que vengan a buscarme a mediodía y que quisiera descansar unas horas en una habitación. Su hija me lleva la maleta a una estancia limpia mientras me siento a tomar el desayuno recién preparado: un plato de matoke (plátano verde cocido) con alubias que me sabe a gloria y un vaso de té. Cuando llego a la habitación me han preparado un barreno de agua templada que me echo por encima y me devuelve la vida. Después duermo hasta mediodía y antes de salir pago lo que me pide: 10.000 chelines (unos 2,50 euros). No se puede pedir más barato por un servicio tan rumboso.

A la llegada a la oficina de inmigración me ofrecen una silla y al cabo de una hora aparece el hermano Honorato, un salesiano español, de Burgos, que es nuestro socio local en el proyecto de Goma, en el Congo. Viene con uno de los empleados de la aduana congolena que fue su alumno en el instituto técnico. Tras ponerme el sello de salida en la parte de Uganda, recorremos unos pocos metros y contengo la respiración al encontrarme frente a la ventanilla donde te ponen el sello de entrada. La última vez que pase por aquí me retuvieron dos días, y la vez anterior tres horas. Como esta vez solo tengo diez minutos de espera, no me lo puedo creer cuando me devuelven el pasaporte con el sello de entrada y un señor mayor que trabaja en la aduana se deshace en amabilidades para decirme que soy bienvenido y que me sienta como en casa en el Congo. Cuando le explico que siempre me he sentido así porque mi suegra es congoleña, su entusiasmo sube aun más y empiezo a temer que sus exquisiteces nos retrasen aun más, aunque me consuelo pensando que en el Congo es una hora menos que en Uganda.

La carretera de Bunagana hasta Goma no tiene muchos kilómetros, solo 90, pero tardamos cuatro horas en recorrerlos. Es una sucesión interminable de baches llenos de agua que obligan a ir muy despacio y con mucha paciencia. Por el camino, en Kiwanja, nos demoramos otra hora y media para recoger a la esposa de Fidel, nuestro chofer. Finalmente, a las siete y media de la tarde llegamos a Goma sin haber tenido ningún percance, que no es poco. Llevo dos noches sin dormir y con el sueño reparador de esa noche me sumerjo en un mar de ilusiones, proyectos, trabajo por hacer, personas a las que veré al día siguiente y un mundo que será mi ambiente durante los próximos dos meses. Asante sana.

martes, 4 de octubre de 2011

El peligro de una cooperación sin valores


Los que hemos pasado nuestra adolescencia durante los años 70 y principios de los 80 crecimos cantando “Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga Libertad”, del inolvidable Labordeta o el “Himno a la Alegría”, entonado al son de guitarras en plazas de ciudades y pueblos donde soñábamos con un mundo mejor sin explotación ni desigualdades. Eran tiempos en los que corríamos delante de los grises, acudíamos a conciertos de canción protesta y, aún muchos años antes del internet, de los móviles y de las redes sociales, pasábamos horas hablando por teléfono –para desesperación de nuestros padres, que pagaban la factura- con los amigos para quedar y charlar de nuestros planes de cambiar el mundo.

Pasaron los años, y para muchos de aquellos adolescentes todos aquellos hermosos propósitos desaparecieron ahogados en la prosperidad que dio el tener un chollo de trabajo, con un buen sueldo o un negocio próspero. Otros encarrilaron sus vidas por la política activa o en ocupaciones que tienen que ver con el cambio social: se colocaron como trabajadores sociales o se marcharon a algún país de África o América Latina como cooperantes o misioneros. Era aquella una generación en la que creyentes y no creyentes podían entenderse porque al menos estábamos de acuerdo en algo básico: en luchar por valores como la justicia social, la paz, la igualdad y la dignidad de los seres humanos más desfavorecidos. Durante mis dos décadas largas en África me he encontrado con misioneros y cooperantes que se han dejado la piel por ayudar a que los más desfavorecidos tuvieran acceso a la educación, el agua potable, la salud básica, la paz y los derechos humanos más elementales. Entre estos últimos –los cooperantes- había personas religiosas y también agnósticos y ateos, pero por encima del credo de cada cual uno se encontraba con personas que creían en valores y dedicaban su vida a ellos.

Han pasado los años y aquella época de grandes ideales ha dejado paso a la cultura de la “posmodernidad” en la que se desconfía de lo que se ha venido a llamar los grandes relatos. Palabras como justicia, libertad, fraternidad, solidaridad y muchas otras que antes se miraban con un respeto reverencial se miran hoy con una cierta desconfianza y se califican de grandilocuentes e incluso altisonantes. De aquellos barros del escepticismo han surgido hoy estos lodos manifestados en algunas personas que se dedican al mundo de la cooperación y que rezuman una visión negativa de las personas con las que trabajan y una convicción de que el trabajo que hacen no va a cambiar nada, por lo que acaban desentendiéndose de las causas de la pobreza o de los mecanismos que mantienen situaciones de opresión intolerable. Si es así, del trabajo en proyectos en los lugares más pobres del mundo sólo quedarán motivaciones light: tal vez el gusto por la aventura de ir a lugares lejanos, la atracción por un sueldo que en algunas ONG estrella puede ser muy atractivo o la búsqueda de certificados o experiencia laboral que pueden hacer aumentar puntos en el currículum personal y que pueden abrir puertas importantes mañana en la búsqueda de un empleo bien remunerado.

Por fortuna, no es todo así en el mundo de la cooperación y siempre se encontrará uno con personas dedicadas y con una motivación muy alta, como suele ser el caso con los muchos miles de voluntarios que trabajan gratis para hacer que otros vivan mejor. Pero la cultura en la que vivimos inmersos en el mundo occidental, en la que los valores que tienen que ver con la creencia en un mundo mejor se tambalean, es inevitable que surjan personas que transmiten ese escepticismo en los proyectos que gestionan. Muchos de los beneficiarios, que viven en países donde hay un ansia de libertad y de dignidad humana, no entienden que los que supuestamente vienen a echarles una mano sean los primeros en no creer en la posibilidad de un cambio que mejore sus condiciones de vida. Sería de desear que antes de hacer planes, marcos lógicos y presupuestos, los que nos dedicamos a trabajar con los últimos de la tierra nos aseguráramos de que creemos en un mínimo de valores sin los cuales cualquier acción a favor de los más pobres no se sostendrá por mucho soporte técnico que tenga en su formulación.