lunes, 30 de enero de 2012

En África las formalidades importan, y mucho

« Antes me despojara yo de la vida que de un buen vestido! », decía el joven Crispin en la obra teatral de Jacinto Benavente « Los Intereses Creados « . Estoy seguro de que los congoleños suscribirían totalmente esta frase. Una de las cosas que me llaman más la atención en la República Democrática del Congo es el empeño en que las personas, por muy pobres que sean, ponen para arreglarse y tener una buena apariencia, y eso que está considerado el país más pobre del mundo. Personalmente, admiro la capacidad que los africanos tienen de revestirse de dignidad yendo mas allá de los mil problemas acuciantes a los que tienen que enfrentarse cada día, y creo que merece la pena hacer un esfuerzo por estar a su altura para mostrar un respeto que se merecen.

Llevo varios días leyendo dos guías de viajes del Congo, una en ingles y otra en francés, y ambas destacan este aspecto de la vida cotidiana. Recojo este párrafo de la guía « Petit Fute »: « Para los congoleños, vestirse bien es una primera naturaleza y para muchos puede incluso suponer gastos a veces exagerados. Parece como si se permitieran todos los atrevimientos, pero siempre asumidos por una rara elegancia que caracteriza como regla casi absoluta el modo de vida congoleño ».

Cuando llegue por primera vez a Uganda, en 1984, me llamaba la atención lo bien vestidas que iban las personas que venían a ver a nuestros dos formadores en la casa de formación de los misioneros combonianos. Con mi ignorancia supina de aquellos años, deduje demasiado deprisa que los que venían a nuestra casa de Kampala eran solo las personas pudientes y hasta empecé a desarrollar un sentimiento negativo cuando veía venir aquellas visitas. Aquel estereotipo se deshizo el día que fui con uno de nuestros superiores a visitar las casas de varias de estas familias y me di cuenta de que vivían en chabolas miserables, sin agua ni electricidad, hacinados y faltos de todo.

Fue de las primeras cosas que tuve que aprender en África. Con mis apenas 24 años y los esquemas radicales propios de esa edad había venido de España con la maleta llena de unas pocas camisetas, un par de vaqueros y zapatillas de deportes, convencido de que era la mejor manera de « estar presente con los pobres ». Después de unas cuantas semanas yendo a misa los domingos en parroquias de gente muy pobre, pero que se vestían con sus mejores galas, me di cuenta de que les estaba faltando el respeto y después de mis primeras vacaciones puse en mi equipaje un traje y algunas camisas y pantalones más formales. Y por supuesto que desterré para siempre los pantalones cortos, prenda que desde entonces use en África exclusivamente cuando tenía que pintar un muro o regar los repollos de la huerta. El sentido común nos enseña a no desentonar y a llevar a la práctica la sabiduría de « a donde fueres haz lo que vieres ».

Pero si en África, en general, la gente intenta ir bien vestida cuando se presenta en público, el Congo sobrepasa con creces en este aspecto a todos los países del Sur del Sahara. Ir a misa un domingo –por ejemplo- en cualquier lugar, ya sea una ciudad o una aldea de una zona rural, es sumergirse en un mar de tejidos de colores, trajes bien cortados, zapatos a los que se ha sacado muy cuidadosamente el brillo y –por lo que se refiere a las mujeres- peinados vistosos que seguramente han tardado muchas horas en hacerse a conciencia. Me da pena cuando veo en la televisión congoleña imágenes de delegaciones de tal o cual país europeo que visitan un proyecto financiado por ellos en cualquier rincón del país y me doy cuenta del contraste entre la indumentaria de los anfitriones congoleños –vestidos de chaqueta y corbata a pesar del calor- y la desastrosa vestimenta de sus visitantes occidentales que parecen pensar que han venido a hacer de extras en una película de Indiana Jones o de Tarzan de los Monos. Y no digamos nada de turistas, voluntarios o visitantes que llegan aquí y se permiten el lujo de entrar en un edificio público o una oficina gubernamental con pantalones cortos y camisetas sin mangas. Quien les reciba probablemente callara, tragará saliva e intentara sonreír mientras en su interior se reafirmara en su imagen de los blancos como seres arrogantes y poco respetuosos con los africanos.

Hace unos cuantos años que, entre mis principios más sagrados, figura aquel que dice que para ayudar en África hay que venir con una actitud de respeto y apertura a aprender de los africanos. Uno de los mas marcados signos de ese respeto es reconocer que en este continente las apariencias importan, y mucho. Quien viva por estas latitudes más vale que intente aplicarlo en su vida diaria lo más fielmente posible.

jueves, 26 de enero de 2012

Es difícil ser buen samaritano en África


Lo confieso. Después de más de dos décadas en este continente, hay situaciones en África en las que, más que miedo, siento pánico, y una de ellas es cuando hay un accidente en la carretera. Hace pocos días volví a vivir una pesadilla que creí que el tiempo había borrado pero que se me mostró ante mis ojos con toda su crudeza. Y me quedé con uno de esos cargos de conciencia en los que uno, hiciera lo que hiciera, tiene la sensación de haber obrado mal.

Por exigencias del trabajo, todos los días conduzco por estas maltrechas carreteras de Goma y sus alrededores, en el Este de la República Democrática del Congo. Siempre suelo ir cargado de sacos de alimentos para el proyecto humanitario que tenemos con desplazados a las afueras de la ciudad. Los trayectos por estos barrios pueden poner a prueba de bomba los nervios de la persona más tranquila, ya que además de los innumerables baches, pedruscos y zanjas que jalonan estos caminos, hay que lidiar con las furgonetas que se usan como transporte público y cuyos conductores se saltan a la torera todas las normas de tráfico, parándose donde y cuando les viene en gana sin fijarse en que pueden causar un accidente.

También están los miles de moto-taxis que parece que salen hasta de debajo de las piedras y que se cruzan en medio de uno cuando menos se lo espera como si estuvieran practicando para una competición de motocross. Una buena parte de los peatones cruzan sin mirar, sobre todo los niños, resultando impredecibles. Y para concluir con este panorama, ahora en plena estación seca resulta incomodísimo conducir envuelto permanentemente en una nube de polvo que, además de meterse en los pulmones, dificulta la visibilidad. La prudencia, que siempre es necesaria para conducir, se convierte aquí en cuestión de vida o muerte y hay que extremarla en todo momento.

Una tarde en que me dirigía al lugar donde tenemos el proyecto humanitario, enfilé una recta que baja hacia un valle al salir del último arrabal de Goma. Delante de mí vi venir a una moto-taxi con dos pasajeros y me extrañó poco cuando me di cuenta de que el motorista volvía la cabeza descuidadamente a cada momento mientras charlaba con sus clientes. De repente, vi salir del arcén a una chiquilla que transportaba dos bidones de agua en la cabeza y se me dispararon los nervios cuando vi que se puso a cruzar la carretera sin mirar ni a un lado ni a otro. Ocurrió lo inevitable : la moto la atropello con un fuerte golpe que mandó los dos bidones por los aires, aterrizando justo delante de mi mientras la chica salió despedida varios metros y dio con sus huesos en mitad de la carretera. Gracias a que me obedecieron los reflejos y frené a tiempo tal vez evité que la cosa hubiera sido aun más grave. La moto siguió su curso, dando bandazos, hasta que cayó con sus tres ocupantes a la izquierda, en el borde de la carretera.

Mi primera reacción fue echar la mano a la puerta del coche para socorrer a los accidentados y llevarlos al hospital. Entonces vi como la muchacha se levantaba y se ponía a caminar con las manos en la cabeza, llorando a grito pelado. Al instante vi una multitud que salió no sé de dónde que se dirigió corriendo, no hacia la niña, que obviamente necesitaba ser asistida con urgencia, sino hacia la moto. Entonces vi a las primeras personas agacharse para coger piedras y me invadió un escalofrío que hacía años que no sentía. Tras unos pocos segundos de duda puse la primera marcha, y con todo el dolor de mi corazón continué con mi camino alejándome de allí lo más deprisa que pude.

Y lamenté con toda mi alma no hacer de buen samaritano. Porque quien haya vivido en África un tiempo suficiente sabe muy bien que uno de los momentos más jodidos aquí es cuando hay un accidente y la gente pierde la cabeza y busca inmediatamente un culpable a quien castigar allí mismo, apedreándolo y matándolo de la forma más cruel. Durante mis años en Uganda tuve dos situaciones muy desagradables en las que rescaté a un ladrón –que pocos segundos antes había intentado robarme lo que llevaba en el coche – de una enfurecida turba que quería lincharlo. Pero en aquellos años podía arriesgarme porque la gente me conocía, podía obrar con suficiente autoridad moral y sabía la lengua con la suficiente competencia como para poder controlar una situación difícil.

Pero la situación de hace pocos días era distinta. Me encontraba en un lugar donde nadie me conoce, ni yo sé el suficiente Suahili para poder calmar a gente dominada por el instinto en una situación así y me acordé de un compañero misionero que, durante mis años en Uganda, se paró a ayudar a un hombre tendido en la carretera y nada más salir del coche se encontró con una multitud que empezó a acusarlo de haber sido él el responsable del atropello. Pensé que aquello mismo me podía haber ocurrido a mí, o que si me empeñaba por evitar que agredieran al motorista podrían emprenderla también conmigo, cosa que no es infrecuente. Y tras unos segundos de duda acabé por obedecer una voz que me decía: « Ahora no puedes, José Carlos. Cuando estabas en Uganda estabas solo en la vida, pero ahora tienes una mujer y dos niños pequeños que tienen derecho a tener un padre que no se meta en líos que puedan acabar por hacerlo desaparecer del mapa, así que tranquilízate y piensa que tú no puedes hacer nada y sigue adelante ».

Al mismo tiempo, otra voz me decía: « Te has comportado como un egoísta. Tu deber como ser humano era haberte parado para socorrer aquellas personas y haber intentado poner un poco de paz, y tal vez hubieras sido capaz de salvar una vida humana, hoy no te has comportado como un buen samaritano ». Si, pensé, pero el buen samaritano se paró en un lugar donde estaba solo y no corría ningún peligro de que nadie le linchara. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

Aquella noche apenas dormí. La imagen del accidente me siguió dando vueltas en la cabeza. Y cuando al día siguiente volví a pasar por allí pregunte a algunos conocidos si sabían que había pasado a continuación y como había terminado el asunto, y como ocurre tantas veces en lugares lacerados por mil conflictos donde la gente está muy machacada, todos me dieron la misma respuesta: yo no he visto nada, yo no he oído nada, yo no sé nada.

He preguntado a algunos congoleños con los que trabajo si hice bien. Claro que sí, me han dicho todos. No habrías solucionado nada y te podría haber pasado algo serio. Pero la visión de aquel accidente sigue sin dejarme tranquilo y probablemente nunca sabré si hice lo correcto.

lunes, 23 de enero de 2012

Aumenta la clase media de África

La última vez que vi a mi cuñado Martin en Kampala vino a verme con un traje impecable con su corbata que contrastaba con mis viejos vaqueros y mi camiseta. Se acababa de comprar un coche nuevo, aunque de segunda mano, con capacidad suficiente -según me dijo- para salir los fines de semana con su mujer y sus cuatro niños. Me contó que hacía poco habían estado en un hotel en las fuentes del Nilo y se lo habían pasado muy bien. Martin y su familia viven en una casa espaciosa a las afueras de la capital ugandesa. Mientras me habla, le suena con frecuencia su Blackberry y otro teléfono de última generación cuyo nombre se me escapa. Cada vez que le veo no puedo menos de acordarme de la primera vez que nos vimos, allá por 2004, cuando estaba en el paro y sobrevivía gracias a trabajos ocasionales. Sus hermanos le ayudaron a terminar sus estudios y hoy trabaja en una de las mejores compañías internacionales de seguros que prosperan en un país donde no cesa de crecer las inversiones extranjeras.

Cada vez me encuentro en África mas personas como ni cuñado Martin. Muchas cosas están cambiando en África durante la última década, y una de ellas es la emergencia de la clase media. Hace pocos días se han publicado unos datos del Banco Africano del Desarrollo que revelan que un tercio de la población en el continente pertenece a la clase media. Esto representa un 34% de la población africana, es decir, 313 millones de personas. Es una cifra tres veces más alta que la de 1980. A esta categoría de « clase media », según este banco, pertenecerían las personas que gastan entre 2 y 20 dólares al día, teniendo en cuenta lo que suele ser el coste de la vida en África. Se trata de un fenómeno que puede compararse a la emergencia de esta clase social durante las ultimas décadas en países como India o China.

A que se debe este cambio? En primer lugar, al crecimiento económico que, en contra de muchos estereotipos que siguen presentando a África como un lugar exclusivamente de miseria y guerras, tiene lugar aquí durante la última década e incluso antes, sobre todo en países como Cabo Verde, Sudáfrica, Namibia, Ghana, Kenia, Uganda, Gabón, Ruanda y otros. Otros factores que han contribuido a esta transformación son: el desarrollo del sector privado, las inversiones del extranjero que han creado nuevos puestos de trabajo asalariados, y el número cada vez mayor de personas en África que terminan sus estudios superiores.

Los que pertenecen a la clase media en África suelen vivir en las ciudades o cerca de ellas. Son asalariados o pequeños empresarios, utilizan más servicios como la electricidad y el agua corriente. Tienen menos hijos y gastan más en educación y en ocio. Por ejemplo, en varios países africanos los parques nacionales que antes parecían ser lugares exclusivos para turistas extranjeros o los muy ricos ahora tienen muchas más visitas de personas que pertenecen a esta clase media, que se aprovechan de la circunstancia de que el precio para los ciudadanos del país suele ser mucho más bajo que para los extranjeros.

Las consecuencias para la vida económica y social de los países africanos son numerosas. Estos millones de personas representan un mercado amplio para las empresas privadas, y el consumo crece. En África hay hoy mucha más demanda de artículos como frigoríficos, televisiones, teléfonos móviles y sobre todo coches, aunque muchas veces se compren de segunda mano. Y no olvidemos las consecuencias políticas: son personas que utilizan internet y están mejor informadas. Y también pagan impuestos y por lo tanto piden cuentas y exigen más a sus gobernantes. Esto hace que demanden cambios en la política y que hagan que crezcan las ONG locales y la sociedad civil.

Pero a pesar de este crecimiento, no hay que olvidar que África sigue siendo un continente donde persisten enormes desigualdades. Según el mismo informe, se calcula que 100.000 africanos tienen en sus manos el 60% del producto interior bruto del continente. Y hay otro dato que no conviene olvidar: el 61% de la población sigue viviendo bajo el umbral de la pobreza, cuyo indicador es vivir con menos de 2 dólares al día. La buena noticia es que muchas de las personas que hace pocos años estaban debajo de este umbral ahora han salido adelante, y lo más esperanzador es que parece que cada vez serán mas las personas que engrosaran las filas de una clase media que se ha convertido en uno de los motores de transformación social en África.

lunes, 9 de enero de 2012

Echando cuentas en un viaje al Congo

Llegar a las cuatro de la madrugada después de ocho horas de avión y prepararse para otra noche sin dormir es para agotar la energía de cualquiera. Eso es lo que pensé el pasado 4 de diciembre cuando, tras aterrizar en el aeropuerto de Entebbe (Uganda), el taxista me dijo que ese mismo día a las tres de la tarde salía un avión con destino a Bunia, en el Este de la República Democrática del Congo. Tras dormir, o más bien dar algunas cabezadas, hasta las ocho de la mañana en la casa de los Combonianos en Kampala, llamé por teléfono a la compañía aérea y una amable voz femenina me informó que había plazas disponibles para el vuelo de esa tarde, pero que el avión se detendría en Beni, un poco más al sur de Bunia, para salir de allí al día siguiente con destino a Goma, la ciudad que era mi destino final.

Con los ojos aún cargados de sueño, sopesé los pros y los contras. La ventaja era obvia: el avión me ofrecía mayor comodidad y seguridad que pasar diez horas de viaje nocturno en un autobús de la era del Pleistoceno. Pero tenía que pagar 300 dólares por el billete, cantidad a la que tendría que sumar otros 40 dólares del taxi al aeropuerto. Además, aunque la señora (no digo señorita para que no me acusen de machista) me había asegurado que podría pasar la noche en un hotel de Beni propiedad de la compañía aérea y que el precio de la habitación estaba incluido en el ticket, me imaginaba que tendría que pagarme yo mismo la cena y sé por experiencia de clavadas anteriores que los servicios de restauración de los hoteles del Congo no suelen ser baratos, por lo que otros 20 dólares por lo menos no me los quitaría nadie. Empezaba a sumar y la adición de las posibles facturas se acercaba a los 400 dólares.

Consideré entonces las ventajas que me ofrecía el autobús: 35.000 chelines ugandeses (unos 15 dólares) por el viaje de Kampala a Kisoro, desde donde tendría que coger una moto-taxi para llegar a la frontera en Bunagana, a 12 kilómetros de Kisoro (unos 4 dólares), y desayuno por tal vez un dólar o dos. Total: 20 dólares. Había, sin duda, diferencia entre los 400 de ir en avión y los 20 de viajar por tierra.

Tenía, además, que comprar en Kampala, unos trofeos para los campeonatos deportivos que estamos organizando en el centro social Boscolac, en Goma, dónde desarrollo mi actividad con los Salesianos, y si me gastaba el dinero en el avión no podría comprar las copas que los equipos ganadores alzaran victoriosos durante los próximos días. Incluso en el supuesto de que hubiera tenido suficiente dinero temía que la compañía aérea me cobrara los kilos extras que supondría el paquete de los trofeos. Estaba claro: en autobús hasta la frontera, como las veces anteriores, y punto. Llame por teléfono a los Salesianos de Goma y les dije que esperaba cruzar la frontera de Bunagana hacia las diez o las once de la mañana. Ellos se alegraron de oírme y me aseguraron que a esa hora estarían con el coche del proyecto esperándome para llevarme a Goma, a 90 kilómetros de Bunagana.

Durante los últimos nueve meses he hecho este viaje por carretera cuatro veces y los vigilantes de la caótica estación de autobuses ya me conocen. Entré allí como en mi casa, y los empleados se afanaron por ofrecerme una silla y hacerme la espera algo más llevadera. Entré en el autobús a las siete y media de la tarde. El chico que vendía los tickets me aseguró que saldríamos inmediatamente. Cada vez que entro en un autobús en África me acuerdo de lo que decía Kapuscinski sobre el concepto del tiempo en este continente: que la pregunta más absurda que podemos hacer cuando entramos en un medio público de transporte en África es indagar a qué hora sale. Casi siempre nos dirán lo que queremos oír, pero la realidad es que los autobuses aquí salen cuando están llenos, y así ocurrió en esta ocasión. Tras una larga espera, amenizada por un par de charlatanes profesionales que a voz en grito y durante más de una hora nos explicaron las propiedades milagrosas de medicinas que purgaban toda clase de lombrices intestinales o prometían un vigor sexual ilimitado, finalmente a las once y media de la noche el conductor arrancó el motor y pusimos rumbo a Kisoro. Me pareció que el chofer era prudente y conducía bien y a una velocidad muy sensata, lo que me tranquilizó. Eran las nueve y media de la mañana del día siguiente cuando llegamos a Kisoro, y tras coger una moto-taxi, fui directamente al hotel Home Again, un modesto chiringuito con habitaciones limpias donde otras veces he recalado para descansar unas horas. La señora, que ya me conoce, me ofreció un desayuno de rumbo que agradecí, ya que la noche anterior preferí no cenar para viajar sin llamadas de la naturaleza poco convenientes en un viaje así: bananas verdes cocidas (matoke) con carne de cabra, alubias y salsa de cacahuetes. Pagué dos dólares , tras desear a la señora un feliz año nuevo, me dirigí a la aduana de Uganda, donde el empleado, que también me conoce, me deseó lo mismo, me preguntó por la familia, por la crisis económica de España, por su nuevo gobierno y por los progresos del Real Madrid. Preferí no decirle nada sobre los recortes de cooperación internacional (sobre todo con África) que-entre otros- caracterizaran el año mariano que comienza y extendí mi pasaporte, donde me estampó el sello de salida.

Al llegar a la parte del Congo el jefe –que también me conoce- me preguntó lo que ya me esperaba: que has traído de bueno para nosotros. « Unos trofeos para los campeonatos deportivos infantiles que hacemos en Goma », respondí sin dudarlo. « Eso es para los niños, y para nosotros? » Como si ya lo tuviera ensayado le espeté: « Ya sabe usted que si los niños están contentos, sus papas también lo están de verlos así ».

Pasé sin mayores problemas y me senté bajo un porche para esperar el coche. Llegó a la media hora, con el superior de los Salesianos, el padre Joseph y el conductor Musafiri, a los que saludé feliz, y tras otras tres horas y media de viaje llegamos a Goma donde esa noche dormí como un niño pequeño y soné que con los 380 dólares que me había ahorrado podríamos comprar bastantes kilos de carne y algunos refrescos para que los chicos de Boscolac celebrarán el día de los Reyes Magos como Dios manda.