miércoles, 27 de abril de 2011

El viejo teléfono móvil, compañero por caminos africanos


Desde hace casi diez años me acompaña a todas partes un viejo teléfono móvil que me compré en Uganda creo que por 60.000 chelines (unos 20 euros). Es un Nokia de no sé qué modelo pero de los que estoy seguro que ya no se fabrican. Ha estado, además de en Uganda, en Kenia, Tanzania, Sudán, Ruanda, Burundi, Eritrea, República Democrática del Congo, Argelia, además de un par de países asiáticos y algunos europeos y en todos ellos me ha respondido fielmente, ayudándome a comunicarme con personas con las que he hablado o me he intercambiado mensajes.

Cuando estuve involucrado en tareas de mediación entre el gobierno y la guerrilla del LRA en el norte de Uganda, su soniquete me avisaba de alguna comunicación de los rebeldes que podía ser el preludio de un anuncio de alto el fuego o de un diálogo que nos llevara algo más cerca de la paz. Muy a menudo, su alerta de mensajes me informaba de algún suceso grave como ataques con personas asesinadas o con cientos de casas incendiadas. Otras veces, las menos, me transmitía buenas noticias, un hilo de esperanza y palabras de consuelo.

De los 20 años que viví en Uganda, doce de ellos los pasé en lugares donde no había teléfono, ni fax ni por supuesto internet. Durante esos años me comunicaba con mis padres, mi hermana y con amigos de España por cartas que tardaban, de media, un mes en llegar a su destino, a lo que había que añadir otro mes y pico en obtener la respuesta. Las cuartillas escritas con bolígrafo e introducidas cuidadosamente en el sobre hacían que las distancias se agrandaran y parecieran infinitas, aumentando la sensación de lejanía no sólo en kilómetros sino también en el contraste entre dos mundos –el europeo rico y el africano pobre y conflictivo- sin apenas contacto entre ellos.

Por eso, cuando llegó la telefonía móvil al norte de Uganda me costó asimilar que, de repente, podía hablar con mis padres cuando quisiera, o comunicarme directamente con amigos y organizaciones que nos enviaban ayudas para hacer pozos o construir dispensarios. Viviendo, como vivía yo entonces, en medio de situaciones de graves vejaciones a la dignidad humana, el teléfono móvil y el internet se convirtieron en excelentes aliados para defender la causa de la paz y los derechos humanos. En adelante, ya no teníamos que escribir informes a Amnistía Internacional, Human Rights Watch o ninguna embajada occidental con la vieja máquina de escribir haciendo copias con papel carbón. Parecía increíble que se pudiera escribir con rapidez en la pantalla del ordenador y con dar una orden a golpe de teclado en un momento cientos de destinatarios recibieran información de primera mano sobre lo que ocurría en lugares remotos del bosque africano donde se mataba, secuestraba y torturaba de forma impune y sin que a nadie en el mundo pareciera importarle. Por aquellos días aprendí que cuando hay situaciones en las que se pisotea la dignidad humana, hay personas bien situadas cuyo interés principal es ocultar la verdad y que se esfuerzan por controlar a quienes hablan en nombre de las víctimas. Por ello poco me sorprendió cuando un amigo del servicio de inteligencia me avisó que tuviera cuidado con mis comunicaciones porque mi teléfono estaba pinchado.

Mi viejo Nokia tiene el teclado ya casi ilegible y medio borrado de tanto usarlo, sobre todo en lugares calurosos donde los dedos se deslizan sudorosos. No brilla con pantallazos de colores vivos, no tiene cámara de fotos, ni reproduce música, ni me da acceso a redes sociales, ni me ofrece ninguna de las últimas maravillas de la electrónica de última generación. Pero no lo cambio por nada. Es mi forma silenciosa de protestar contra el consumismo que invade todas las parcelas de nuestra vida. Además, para mi representa una parte de mi historia reciente de la que me siento orgulloso. Y pienso que muchos millones de africanos usan este viejo modelo, obsoleto en Europa, pero que tan buenos resultados me ha dado en África.

miércoles, 20 de abril de 2011

Estar enfermo en Europa y en África


Durante los últimos diez días, y tras volver apresuradamente de Goma, en la República Democrática del Congo, la grave enfermedad que sufre mi madre me ha tenido ocupado en hacerle compañía en la habitación del hospital donde lleva ingresada desde finales del mes pasado. Durante las muchas horas “muertas” pasadas allí he vuelto a reflexionar sobre cómo se vive la experiencia de la enfermedad en África y una vez más he pensado que si alguna vez tengo que pasar una temporada larga enfermo prefiero que sea en este continente.

Ya sé que los medios, tanto humanos como técnicos, de los hospitales en un país europeo no se pueden comparar con los medios (o más bien la falta de ellos) de cualquier nación africana. En España, además, tenemos uno de los mejores sistemas de sanidad pública del mundo, a pesar de las listas de espera y de cualquier otra carencia que podamos detectar. A pesar de la crisis, aún tenemos una sanidad gratuita pródiga en medios de calidad y no dudo de que es éste uno de los factores que explican la alta esperanza de vida que tenemos en España, superior a los 80 años. Cuando se ha vivido mucho tiempo, como es mi caso, en un país, donde la mayor parte de sus habitantes no suelen pasar de los 45 y donde infinidad de niños mueren antes de cumplir el quinto año de vida, esto es algo que sorprende gratamente, sobre todo cuando uno se da cuenta de que los padres de uno han vivido ya más de 80 años y con bastante calidad de vida.

Pero donde abundan los medios para detectar enfermedades y curarlas, o por lo menos mantenerlas a raya, andamos muy escasos de otros aspectos humanos. Cuidar de un enfermo en un hospital español es, en muchos casos, librar una triste batalla contra la soledad. Aparte de la familia más inmediata, pocas son las visitas que uno puede esperar recibir. Alguna llamada telefónica de personas que, muy cortésmente, se interesan por el estado del paciente, hacen votos por su pronta recuperación y tal vez expresan vagos deseos de pasarse a visitarle cuando sea posible… y casi siempre nada más. Las horas silenciosas que uno pasa al pie de la cama en la habitación del hospital me recuerdan, por contraste, al calor humano que he percibido siempre cuando he pasado por la experiencia de estar enfermo durante los 20 años que pasé en Uganda. Ya fuera en casa o –en la única experiencia que he tenido de estar ingresado en un hospital- en una cama hospitalaria, la sucesión interminable de personas que venían a verme y desearme una pronta mejoría siempre me impresionó como una solidaridad encomiable que destaca como uno de los mejores valores de la cultura cotidiana de la gente en África. Recuerdo también una ocasión en que mi suegra estuvo ingresada en un hospital de Kampala durante una semana y su habitación era un constante ir y venir de personas que incluso a veces tenían que hacer cola para entrar, en muchos casos con un recipiente de comida en la mano o cualquier otro regalo. La habitación de un enfermo en África, por muy miserable que sea, suele estar adornada de tarjetas que auguran una pronta recuperación, flores, cestillos y objetos que comunican presencias humanas cercanas y afectuosas.

En esto, como en tantas cosas, no me acostumbro a lo que se considera como habitual o socialmente aceptado en Europa. Aquí se rehúye el dolor ajeno, por no hablar del propio, y la enfermedad se ha convertido en uno de los muchos temás tabú desterrados por una sociedad que adora el éxito y la satisfacción inmediata. Se nos llena la boca de hablar de solidaridad mientras los enfermos se hunden en la soledad. En esto, como en muchas otras cosas, África tendría mucho que enseñarnos.

martes, 5 de abril de 2011

TREINTA JOVENES CONGOLENOS COMIENZAN NUEVA VIDA EN BOSCOLAC


Janvier tiene 16 años y es de Masisi, a los siete perdió a sus padres a causa de la guerra, vive desplazado en una caseta de madera y es del Barca. El pasado 4 de abril el y otros 29 muchachos con historias similares entraron a vivir en Boscolac, un centro de ayuda humanitaria construido en Goma (R D Congo) por Red Deporte en colaboración con los Salesianos.

Los días anteriores se hicieron preparativos a contra-reloj para que todo estuviera listo. El hermano Honorato Alonso se ocupo de que todos los suministros estuvieran a punto: sabanas, colchones, material de limpieza, platos, tazas, cubertería… Los cooperantes de Red Deporte compraron las primeras provisiones de alimentos. Durante estos días hay trabajos de reparación de la carretera que atraviesa la ciudad de Goma hacia el Oeste y que parecen no terminar nunca. Los caóticos atascos que se forman en las tortuosas y estrechas calles laterales hacen que, a menudo, recorrer los 17 kilómetros que separan nuestro lugar de residencia con los Salesianos hasta Boscolac se convierta en una tarea ardua en la que no raramente haya que emplear hasta hora y media.

Encontrar los artículos necesarios en las tiendas de mercados instalados en mitad de barrizales y, sobre todo, conseguir facturas adecuadas para justificar los gastos puede convertirse en una tarea que pone a prueba la paciencia de la persona más tranquila. A pesar de todo, finalmente cuando llegó la tarde del día 4 allí estaban los 30 chicos recién llegados, con sus bolsas de plástico. Todos ellos proceden de familias desplazadas que viven en Mugunga, una barriada a las afueras de Goma donde se ha construido Boscolac. Lo primero que hicieron, nada más dejar sus pertenencias, fue correr a las pistas deportivas y estrenarlas: unos organizaron un partido de baloncesto, y el resto se animó a darle al balón en la pista de futbol 7.

Janvier dice que le gustaría ser cura, para ayudar a los demás. Estudia primero de educación secundaria y sus recuerdos de infancia son poco agradables. Llego con su abuela y sus hermanos a Goma en 2001 después de que una de las milicias destruyera su casa. Al año siguiente la erupción del volcán Nyaragongo que arrasó la ciudad les dejó sin hogar y poco después se instalaron en una caseta sin luz ni agua. Su compañero David estudia tercero de secundaria y tiene una historia similar. Esta contento de poder vivir en un centro amplio con luz, salas de estudio con biblioteca y pistas de deporte. « Aquí espero poder estudiar en paz, porque en mi casa no podía », afirma convencido. Janvier apunta aun más alto : « Aquí voy a encontrar mucha inteligencia ».

El padre Faustin, director local del proyecto, llama a todos para darles la bienvenida: « En este centro tenéis que convertiros en buenas personas y ciudadanos honrados », les exhorta a seguir. Todos escuchan atentos sentados en la sala de estudio mientras se hacen las presentaciones: Willliam y Nestor, los dos animadores que vivirán con los chicos, Deogratias, el enfermero, Jean Paul y Papa Kabumba, los dos guardianes. Al final, se reparten bebidas para dar la bienvenida a la africana, y Oscar Nkot, el cooperante de Red Deporte que ha dirigido el proyecto desde el año pasado pronuncia unas palabras para agradecer a todos su colaboración y decir adiós, puesto que se marcha al día siguiente. Como gesto de acogida, Oscar entrega a cada uno de los recién llegados una bolsa con una manta y un juego de sabanas. A continuación vamos todos al dormitorio para que cada chico se haga su cama. Basta observar medio minuto para darse cuenta de que para la mayoría de ellos es la primera vez que van a dormir en un colchón con sabanas y manta.

Durante los próximos meses, el Centro Boscolac acogerá también varios talleres sobre temas como: resolución de conflictos, derechos humanos, salud primaria, nutrición, etc., en los que participarán líderes comunitarios de los barrios colindantes, habitados sobre todo por personas desplazadas por el conflicto. Durante los pasados días 2 y 3 de abril ya se celebro el primero de ellos, sobre construcción de la paz. Los padres de algunos de los nuevos residentes en Boscolac participaron en él. También se pondrá en marcha un programa de trabajo por dinero y se espera que la enfermería del centro (en la que habrá también a tiempo parcial una psicóloga) ayude a la comunidad a tener acceso a mejores servicios médicos.

lunes, 4 de abril de 2011

ASÍ VIVEN LOS BENEFICIARIOS DE NUESTRO PROYECTO EN GOMA (R D CONGO)


A Françoise le pregunté cuantas veces al día comían ella y sus seis hijos. La pregunta estaba mal hecha. Me dijo que comían una vez cada dos días. Y Cuando hable con su vecina Oliva –que entre hijos y nietos cuida de seis niños- me respondió que a veces la anhelada comida se demoraba tres días.

Françoise y Olive viven en Mugunga, un arrabal a las afueras de Goma, en la República Democrática del Congo que hasta hace dos años albergó varios campos de refugiados que vinieron aquí huyendo de la guerra. Los campos se desmantelaron pero tanto ellas como miles de personas que viven aquí y en otros barriadas de Goma cuentan la misma historia : matanzas perpetradas por grupos armados, un trauma difícil de superar y, miedo a volver al pueblo natal por la inseguridad que aun reina por aquellos pagos. A Françoise le mataron el marido hace 14 años, en 2006 destruyeron su casa en Rutshuru y le quitaron los campos. Tiene miedo de volver. Vive en un chamizo de plásticos y palos y se gana la vida de jornalera trabajando en campos de otros o transportando pesados fardos de patatas al mercado. Gana un dólar al día, cuando tiene suerte de tener trabajo. Tiene una hija de 14 años que está enferma. Pero está contenta porque uno de sus hijos ha sido seleccionado por nuestra ONG para vivir en el centro Boscolac, cerca de su casa. Allí podrá vivir con otros estudiantes y se le pagaran los estudios en la escuela secundaria.

También el hijo de Oliva vivirá allí. Oliva vive en una caseta de madera decorada en su interior con periódicos viejos. Lleva en Mugunga desde 2002 y no quiere volver a su aldea en Masisi porque los rebeldes siguen haciendo estragos entre la población. Está contenta de que su hijo Janvier vaya a Boscolac : « tendrá un futuro mejor que el que he tenido yo », dice. En realidad Janvier no es su hijo. Oliva lo adoptó hace años cuando sus padres murieron en la guerra y el niño se encontró solo. Es la solidaridad de los pobres. Oliva está enferma. Tiene palpitaciones y aun es visible una profunda cicatriz en la cabeza consecuencia de un machetazo, pero sonríe y nos dice « que Dios os bendiga ».

Así son las familias de los 30 muchachos que nuestro proyecto ha seleccionado, con ayuda del párroco y los miembros del consejo de la parroquia del lugar, que son quienes conocen mejor a la gente. Hay algo que me llama poderosamente la atención: el centro Boscolac, realizado en colaboración con los Salesianos, está enclavado en un lugar de una gran belleza natural junto al lago Kivu. Como ocurre con muchas ciudades de África, en Goma se nota una división entre la parte alta de la ciudad, ocupada por barriadas miserables, y la parte bonita, junto a la orilla del lago, ocupada por imponentes chalets y hoteles de lujo para disfrute de los pudientes. Boscolac es una invasión pacífica de los más pobres a la zona exclusiva de los más ricos.

Treinta chicos que hasta ahora han vivido hacinados en la precariedad de chabolas y campos de refugiados vivirán ahora en un lugar donde se respira calma y belleza natural, el mejor ambiente para estudiar, hacer deporte, convivir con otros jóvenes y tener derecho a lo que su país en conflicto les ha negado. Me gusta la filosofía detrás del proyecto : a los pobres hay que darles lo mejor. Es un consuelo saber que hay quien se desvive para que esto suceda.